Cerebro milanesa
- Omar Brest
- hace 2 días
- 5 min de lectura
Hay días en que salgo a caminar con el cerebro convertido en una milanesa recalentada. Ni fritura elegante: milanesa de ayer, recalentada en el microondas, seca en los bordes. Así salgo yo a veces. Sin plan, sin idea, sin ganas casi. La cámara me cuelga de la muñeca, no del cuello —esa correita finita que la deja bailando ahí abajo, pegada a la mano como una pulsera cara y pesada—, como quien lleva puesto algo que se le olvidó que estaba usando. Una Leica Q2, para más patetismo. Como si la marca fuera a arreglar algo. Como si el loguito rojo le fuera a decir a mis fotos "che, portate bien, honrá el nombre". No las honran. Mis fotos siguen siendo, en su enorme mayoría, una porquería carísima.
Salgo de casa con tres kilos cargando en el bolsito y la esperanza por el piso. Pero mientras camino pasa algo raro: miro los árboles, miro a una vieja cruzar despacio, miro un perro cagando en la esquina con total dignidad, y todo eso me anima. No sé por qué. Supongo que la gloria se debe sentir un poco así: recorrer el mismo barrio de siempre y sonreír por las cosas más boludas del mundo. Un perro cagando. Una vieja. Un árbol que ya fotografié cien veces y que sigue ahí, terco, esperando la ciento una.
Y no espero nada. Eso es lo importante. No espero nada porque ya aprendí, a las patadas, que esperar demasiado es la mejor forma de volver con las manos vacías. Entonces camino. Miro por mirar. Ni siquiera miro con hambre, miro con la mirada puesta en piloto automático, como quien maneja de vuelta a su casa después de un asado y no recuerda ni un semáforo del trayecto.
Y ahí, justo ahí, en medio de la nada más aburrida del mundo, pasa. Veo algo: una cara en un cartel, una garra infernal pintada en una persiana, cuarenta caras amontonadas en un metro cuadrado de gente esperando el colectivo, una luz que pegó justo donde a mí me gusta que pegue. Pero ya ni lo pienso. Ya ni lo veo, en realidad, no como se ve algo que uno decide mirar. Es otra cosa. Vive en estado salvaje, eso que me hace disparar. Aunque después, pensándolo bien, ni el instinto es tan salvaje como parece: está ahí, domesticado a fuerza de años, agazapado esperando el momento de saltar disfrazado de reflejo puro.
Sigo caminando. Ni le doy bola.
Vuelvo a casa. Preparo el café —ritual sagrado, no negociable— y me meto en mi habitación-estudio, ese rincón donde la cama y el escritorio conviven en una tregua incómoda, y prendo la compu con cuidado de que no se caiga, porque está apoyada en un banquito flojo lleno de papeles que juré mil veces que iba a ordenar. Meto la memoria. Dejo importando las fotos e intento no darle bola, hacer otra cosa, no quedarme mirando la barrita de carga como un pelotudo. Pero sí. En el fondo sí. Pasan los años y la expectativa sigue siendo linda igual, casi indecente, como esos segundos en los que te estás poniendo en bolas antes de coger: no pasó nada todavía, pero el cuerpo ya sabe que algo está por pasar.
Empiezo a pasar las fotos. Descarto, descarto, descarto. Y de repente ahí está.
Y digo, en voz alta, solo, en mi habitación-estudio, como un boludo:
—Faaaaa. Qué bueno que soy.
Me quedo mirándola. La agrando. La vuelvo a mirar. Le subo un poquito el contraste porque total, quién me controla. Y ahí, en ese instante minúsculo y ridículo, pasa algo que no tiene nombre técnico ni cabida en ningún manual: una alegría completamente desproporcionada para el tamaño real del logro.
Porque seamos honestos. El Hasselblad Award sigue durmiendo tranquilo en la loma del orto, lejísimos, sin enterarse de que existo. Nadie va a llamarme. No hay festival esperando esta imagen. Es una foto más, de un día más, de una calle que ya fotografié setecientas veces. Y sin embargo.
Y sin embargo ahí estoy, en mi habitación-estudio, con el café ya frío porque me olvidé de tomarlo, sonriendo solo frente a la pantalla como si hubiera ganado algo. Y en cierto modo gané algo. No un premio. No un lugar en ningún lado. Gané ese segundo exacto en el que el cerebro frito se prendió fuego de otra manera, una mejor, una que no dolía.
Y hay que decirlo también, porque si no esto suena más lindo de lo que es: no siempre pasa. Los días nublados están atacando Buenos Aires hace casi un mes completo sin un miserable rayo de luz, y salir en esas condiciones es recontra al pedo. Camino, no pasa nada, me doy por vencido a las tres cuadras y entro a La Ideal a tomar un café y escribir sobre androides que sueñan con ovejas eléctricas, porque al menos ahí adentro hay algo de luz decente y un mozo que ya sabe cómo me gusta el café. Esos días también existen. Muchos más de los que me gustaría admitir.
Por eso, cuando pasa lo otro —cuando la foto aparece de la nada, sin pedir permiso, un martes cualquiera de cerebro frito— brilla el doble. Brilla por contraste con todos los días en que no pasó nada.
Esas son las victorias que en realidad importan, creo. No las que se cuelgan en la pared ni las que llenan un currículum. Las minúsculas. Las que nadie ve, salvo uno, solo, en la habitación-estudio, con la taza fría y la sonrisa de idiota feliz. Las que llegan sin pedir permiso, cuando menos las esperás, cuando ni siquiera tenías fe en que fueran a aparecer.
Las veo solo yo. A veces las subo a Instagram, donde fracasan con dignidad entre memes y publicidades de zapatillas. Pero el fracaso ahí es mi amigo, no mi juez. Porque esa foto ya cumplió su función mucho antes de que nadie la viera o no la viera: cumplió la función en mi habitación-estudio, con el café frío, cuando yo solo dije "faaaaa, qué bueno que soy" y nadie me escuchó ni falta que hacía.
Y quizás de eso se trata en el fondo. No de la foto genial ni del reconocimiento ni de nada que se pueda medir. Se trata de salir con el cerebro hecho puré y volver, unas horas después, con una razón minúscula para sonreír. Una razón tan chica que ni siquiera alcanza para contarle a nadie con lujo de detalle. Pero ahí está. Y alcanza.
Alcanza para seguir saliendo mañana. Aunque el cerebro vuelva a estar frito. Aunque no pase nada. Porque a veces, no pasa nada... hasta que pasa.









Comentarios