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La felicidad, las empanadas quemadas y la condena de estar vivos

  • Foto del escritor: Omar Brest
    Omar Brest
  • hace 5 días
  • 4 min de lectura

A veces solo pienso que lo mejor que nos puede pasar es simplemente aceptar el hecho de que estamos condenados. Y no lo digo desde el dramatismo adolescente de querer apagar todas las luces y escuchar música triste mirando la lluvia caer sobre una ventana sucia. Lo digo desde algo mucho más simple. Más cotidiano. Más cansado también.

Estamos condenados porque nacimos.

Porque un día alguien decidió tener hijos o porque un accidente biológico encontró la manera de transformarse en conciencia y acá estamos ahora: pagando cuentas, cocinando arroz, perdiendo gente, enamorándonos como idiotas y tratando de entender por qué seguimos levantándonos de la cama incluso los días donde el mundo parece una bolsa de basura mojada abandonada en la vereda.

Pero aceptar la condena no significa vivir aterrados. Al contrario.

Creo que la mayoría de las personas desperdician demasiado tiempo intentando escapar de algo que ya está decidido desde el principio. Todos vamos a desaparecer. Todos. El tipo que maneja el taxi. La mujer que acomoda frutas en la verdulería. El fotógrafo que cree que está haciendo una obra inmortal. El multimillonario obsesionado con congelar su sangre para vivir doscientos años. Todos terminamos igual.

Polvo.

O cenizas.

O un perfil de Facebook abandonado donde algún familiar escribe “te extraño” una vez por año.

Entonces, si todo eso ya está definido, ¿por qué no usar el tiempo restante para intentar rozar algo parecido a la felicidad?

Aunque sea unos segundos.

Aunque dure menos que el vapor que sale de una empanada recién abierta.

¿Por qué estoy pensando en esto tan temprano en la mañana del 26 de mayo de 2026? No sé. Tal vez porque dormir ya no descansa realmente a nadie. Tal vez porque internet convirtió nuestros cerebros en una licuadora llena de luces. Tal vez porque hace años que vivimos mirando pantallas como si fueran pequeños altares electrónicos esperando una revelación que nunca llega.

Y sin embargo seguimos entrando.

Deslizando el dedo.

Actualizando.

Buscando.

Como ratas espirituales apretando botones en busca de dopamina.

Encima ni siquiera tenemos tiempo para desarrollar una idea completa porque las redes sociales destruyeron la capacidad de atención de casi todo el mundo. Este mismo texto probablemente ya perdió a la mitad de las personas que empezaron a leerlo. Algunos abandonaron en el segundo párrafo para ver un reel de un perro usando lentes de sol. Otros están respondiendo mensajes mientras leen esto. Otros directamente ya no pueden sostener silencio mental más de treinta segundos seguidos sin sentir ansiedad.

Nuestros cerebros están atados con alambres.

Y me gusta esa palabra: alambres.

Porque alambres en inglés son wires. Y wire también es cable. Y los cables antes eran algo físico, tangible. Por ahí viajaban las noticias, las voces, las guerras, las declaraciones de amor, las despedidas. Había algo hermoso en pensar que una voz atravesaba ciudades enteras metida adentro de un cable oscuro colgado entre postes.

Ahora todo viaja por el aire.

Y el aire es raro porque no sabemos realmente qué hacer con la idea del vacío. En el aire no hay nada pero al mismo tiempo está todo. Fotos. Audios. Insultos. Canciones. Personas llorando en videollamadas a las tres de la mañana. Alguna grabación vieja que salió una vez en la radio y ahora sigue viajando perdida por el espacio, alejándose de nosotros para siempre con dirección a Alpha Centauri.

Imaginate eso.

Una discusión doméstica de 1987 flotando en el universo.

Un locutor diciendo la hora.

Una propaganda de jabón.

Una canción de amor.

Todo escapando de la Tierra mientras nosotros acá seguimos preocupados porque se pasó el arroz.

Y honestamente me parece hermoso.

Porque ahí aparece algo profundamente humano.

La contradicción.

Somos capaces de pensar en galaxias y agujeros negros mientras puteamos porque se quemaron las empanadas en el horno. Podemos imaginar vida extraterrestre y cinco minutos después discutir con alguien porque dejó los platos sin lavar. Somos una especie absurda. Ridícula. Sensible. Trágica.

Y todavía así seguimos peleando por pequeños momentos de felicidad.

Un beso.

Una canción.

Un café compartido.

La sensación de caminar de noche después de haber llorado mucho.

El olor de la lluvia en una ciudad llena de mugre.

O sacar una fotografía.

Para mí la fotografía es algo muy parecido a comer empanadas.

No estoy jodiendo.

Hay algo ahí que no puedo explicar del todo. Una mezcla de ansiedad, deseo y alivio. A veces paso días enteros sintiéndome completamente desconectado de todo. Como si hubiera una capa de vidrio entre el mundo y yo. Pero salgo a caminar con la cámara y algo ocurre.

No siempre.

No de manera espectacular.

No aparecen fuegos artificiales ni una epifanía cinematográfica.

Simplemente dejo de pensar tanto.

Y eso, para alguien que vive atrapado dentro de su propia cabeza, ya es una forma de salvación.

Porque pensar demasiado puede arruinar cualquier cosa. El amor. La amistad. El arte. La vida misma. Hay personas que piensan tanto que terminan observando su propia existencia desde afuera sin llegar nunca a tocarla realmente.

La fotografía me obliga a volver al cuerpo.

A mirar.

A reaccionar.

A entregarme a algo que está pasando ahora mismo y que probablemente desaparezca para siempre un segundo después.

Un reflejo en una ventana.

Un desconocido fumando bajo una luz verde.

Una bolsa empujada por el viento.

Una mujer llorando sola en un colectivo.

La fotografía tiene esa capacidad extraña de suspender por un instante el ruido mental. Y cuando eso ocurre siento algo parecido a la felicidad. Incluso en los días donde claramente no soy feliz del todo.

Porque nadie es feliz del todo.

Esa es otra mentira que nos vendieron.

La felicidad real no es permanente. Son destellos. Pequeños incendios en medio de la oscuridad. Instantes mínimos donde el peso de existir afloja un poco el cuello y te deja respirar.

Y cada persona encuentra esos momentos donde puede.

Algunos los encuentran formando una familia.

Otros viajando.

Otros leyendo.

Otros cogiendo.

Otros mirando el mar.

Yo muchas veces los encuentro caminando solo por Buenos Aires con una cámara colgada al cuello mientras el mundo entero parece venirse abajo lentamente.

Y creo que cada forma de felicidad es válida.

Incluso las más absurdas.

Incluso las más pequeñas.

Salvo, claro, que te gusten las empanadas quemadas.

Ahí ya no puedo defenderte.

Porque si disfrutás las empanadas quemadas hay algo roto espiritualmente dentro tuyo. Algo oscuro. Algo irreversible. Y lamentablemente eso significa que ya estás un paso más cerca de la condena final a la que todos, sin excepción, nos dirigimos lentamente desde el momento exacto en que aprendimos a respirar.


 
 
 

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