Cuando una imagen te deja sangrando
- Omar Brest
- 11 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Notas sobre Barthes, la ausencia y el modo en que una imagen late incluso cuando nadie la mira
“En toda fotografía vibra algo que ya no vuelve, pero que insiste en quedarse.”
Hay libros que se leen como quien atraviesa un cuarto lleno de objetos que ya no tienen dueño. La cámara lúcida tiene esa textura: la de una exploración escrita desde la pérdida, donde cada idea es también un temblor, una duda, un intento de aferrarse a algo que se escurre. No es un ensayo académico, aunque esté lleno de conceptos. No es un testamento filosófico, aunque lleve la profundidad de una despedida. Es, más bien, un pensamiento sostenido por el afecto. Barthes piensa con sus heridas, no con sus certezas.
Y ahí empieza su singularidad: todo en este libro está filtrado por el duelo. Por la búsqueda de un rostro —el de su madre— que la muerte desdibujó pero que la fotografía, a veces, devuelve con una intensidad insoportable. Ese es el motor silencioso de estas páginas. No se anuncia, pero se siente. Y lo que Barthes hace es usar la fotografía como lente para pensar lo irrepetible, lo perdido y lo que todavía, contra todo, permanece.
El gesto inaugural: pensar la fotografía desde la subjetividad
Lo primero que le importa a Barthes es aclarar que no está buscando “una ciencia de la fotografía”. No le interesan las categorías universales. No quiere fundar una teoría. Quiere entender su propia conmoción. Por qué ciertas imágenes no le dicen nada y otras lo dejan suspendido, detenido, casi sin aire, como si adentro hubiera una verdad mínima, íntima, intransferible.
Ese gesto —pensar desde la vulnerabilidad— va contra todo el aparato crítico de su época. Y todavía hoy lo vuelve un libro irrepetible, incómodo y luminoso.
Barthes decide que su única brújula será el impacto emocional. Que la fotografía será pensada como un acontecimiento afectivo. Y esa decisión modifica todo: ya no importa tanto la fotografía como dispositivo, sino la fotografía como encuentro.
La pregunta no es qué es una fotografía, sino qué me hace una fotografía.
Ese desplazamiento, por pequeño que parezca, cambia por completo la lectura. Nos arrastra hacia un territorio donde la imagen importa menos por lo que muestra y más por lo que revela en quien la mira.
Studium: la superficie donde todo parece explicable
Barthes reconoce que hay una parte de la foto que se puede pensar. Que se puede nombrar, entender, describir. A esa zona la llama studium. Es el espacio donde la fotografía dialoga con la cultura: el interés, la información, lo compartido, lo que cualquiera puede señalar.
Es la imagen como campo social:
• su tema.
• su contexto.
• su función.
• su composición.
• su lugar en el mundo.
El studium es necesario para interactuar con la imagen, pero no es lo que la vuelve inolvidable. Es, por decirlo así, la entrada al edificio, no el cuarto donde algo empieza a arder.
En términos fotográficos contemporáneos, el studium abarca todo lo que hoy solemos confundir con la esencia: la técnica, la corrección formal, la referencia culta, la intención consciente. Barthes nos recuerda que eso, aunque útil, no es el corazón de la experiencia fotográfica.
Punctum: la interrupción que rasga la superficie
El contrapunto es el punctum, quizá uno de los conceptos más citados y también más malentendidos. El punctum no es un detalle que “llama la atención”. No es un punto de interés compositivo. No es una estrategia del fotógrafo.
El punctum es la ruptura del pacto visual. Es lo que escapa al control. Lo que irrumpe. Lo que hiere.
Barthes lo define como “la pinchadura”, la punzada, el pequeño estremecimiento que una fotografía provoca sin avisar. Puede ser un gesto mínimo, una postura involuntaria, una mirada desviada, una mancha, una sombra, un exceso, un residuo. Algo que el fotógrafo tal vez ni vio. Algo que no tiene importancia para nadie más. Algo que no se replica: aparece una vez y nunca más.
Ese es el punto en el que la fotografía deja de ser un objeto para convertirse en un encuentro.
Lo que Barthes pone en juego es la imposibilidad de universalizar el punctum. Es un hecho íntimo, un estremecimiento personal. Y esa intimidad es lo que vuelve al libro tan poderoso: reivindica la mirada subjetiva como criterio. La emoción como forma válida de pensamiento.
La fotografía como evidencia del tiempo
Uno de los aportes más contundentes del libro es la idea de que la fotografía no representa el pasado, sino que lo afirma. La fotografía no dice “esto pasó”, sino “esto ha sido”. Esa diferencia mínima cambia todo.
Una pintura interpreta. Una escritura relata. Una fotografía constata.
La fotografía es un acto de certificación. Y esa certificación trae consigo una sentencia: lo que vemos ya no existe del mismo modo. La luz que tocó ese cuerpo dejó de tocarlo. La presencia se volvió registro. La vida se volvió huella.
Por eso la fotografía tiene un vínculo intrínseco con la muerte. No porque la celebre, sino porque la evidencia. Toda foto contiene un futuro cadáver. Y esa conciencia —ese filo— vuelve a la fotografía un arte extraño: está creada con materia viva, pero habla siempre desde la distancia del tiempo.
El duelo como método de lectura
Barthes atraviesa el libro buscando a su madre. Su muerte lo dejó sin lenguaje. Y la fotografía aparece como el único territorio donde él siente que puede encontrarla de nuevo, no como figura, sino como presencia.
El momento en que descubre la foto del Invernadero es central. Esa imagen —la única que le devuelve “su verdad”— no la muestra. Y ese gesto es fundamental. En un mundo acostumbrado a exhibirlo todo, Barthes decide reservar esa foto como una intimidad absoluta. La fotografía, entonces, se vuelve un objeto no para ser compartido sino para ser habitado.
De ahí se desprende una idea profunda: las fotografías más importantes no son las que muestran algo al mundo, sino las que nos devuelven algo a nosotros.
La fotografía como objeto afectivo y filosófico
Hacia el final del libro, Barthes escribe con una lucidez que duele: la fotografía es el único arte que une de manera brutal e inmediata la vida y la muerte. Es un arte que fija, pero al fijar confirma la desaparición. Una paradoja que no pretende resolver.
Desde ese punto, su análisis se afila:
• la fotografía no es símbolo.
• no es metáfora.
• no es interpretación.
• no es alegoría.
Es un contacto. Una adherencia. Una prueba física.
La fotografía es un trozo del mundo arrancado al tiempo.
Y en esa condición está su poder y también su desgarro.
Lo que queda para quienes fotografiamos hoy
Volver a Barthes, en esta época saturada de imágenes, es casi una operación de limpieza: despejar ruido, recordar la esencia, hacer espacio para volver a mirar en serio.
La cámara lúcida nos deja varias preguntas que todavía arden:
¿Qué hace que una imagen permanezca? ¿Qué buscamos realmente cuando levantamos la cámara? ¿Qué tipo de verdad persigue una fotografía? ¿Qué huella deja en nosotros aquello que registramos?
Y, tal vez la más silenciosa de todas: ¿qué intentamos retener del tiempo cuando disparamos?
Barthes, sin afirmarlo explícitamente, parece sugerir que fotografiamos para no soltar. Para guardar un eco. Para quedarnos un poco más en un instante que se va demasiado rápido. Para crear un pequeño refugio donde algo del mundo conserve su temperatura.
La fotografía no salva, pero acompaña. No responde, pero sostiene. No ordena, pero abre. Y en esa apertura, a veces, encontramos el vestigio de algo que necesitábamos escuchar.
Cierro con una idea que me persigue desde que lo leí por primera vez:
La fotografía no es un documento del mundo: es un testimonio del vínculo entre el mundo y quien lo mira.
Ese vínculo —quieto, frágil, inestable, quemante—es lo que La cámara lúcida logra poner en palabras. Y es también lo que hace que una fotografía, incluso una mínima, incluso una olvidada, siga ardiendo cuando nadie la ve.

